AureIA
coraje · 410 años

El Coraje de David

El Coraje de David

Hace mucho, mucho tiempo, en una tierra lejana, vivía un niño llamado David. Era pequeñito, tranquilo, y pasaba sus días cuidando las ovejas de su padre en las colinas. Nadie pensaba que algún día llegaría a ser importante.

Pero entonces llegó la noticia más aterradora: un gigante llamado Goliat venía atacando al pueblo de Israel. ¡Goliat era tan grande como tres casas juntas! Sus brazos eran fuertes como troncos de árbol, y su voz retumbaba como un trueno. Todos los guerreros del rey temblaban de miedo.

Un día, el padre de David le pidió que llevara comida a sus hermanos mayores, que estaban en el ejército. Cuando David llegó, oyó a Goliat gritar: «¡Que me manden un guerrero a combatir! ¡El que gane se llevará todo!»

Todos se quedaron en silencio. Nadie tenía el valor suficiente.

Pero David, el niñito que cuidaba ovejas, se puso de pie. Sus hermanos le dijeron: «¡Estás loco! ¡Eres demasiado pequeño!» Pero David respondió con el corazón lleno de fe: «He peleado contra un león y un oso para proteger mis ovejas. Dios estaba conmigo entonces. También estará conmigo ahora.»

David tomó su honda, ese objeto sencillo que usan los pastores. Recogió cinco piedras lisas del arroyo. Su corazón latía deprisa, pero dentro de él había una certeza: Dios lo protegía.

«¡Goliat!», gritó David. «Tú vienes con espada y lanza, pero yo vengo en el nombre de Dios.»

Y así, con todo su coraje y su fe, David hizo girar la honda. La piedra surcó el aire y golpeó a Goliat justo en la frente. El inmenso gigante cayó, y todo el pueblo de Israel se puso a bailar de alegría.

David aprendió algo muy importante ese día, y ahora tú también lo sabes: el verdadero coraje no viene de ser grande ni fuerte. El verdadero coraje viene de confiar en Dios, incluso cuando tenemos miedo.

1 Samuel 17:45 — Y David respondió al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre del Señor de los ejércitos.

Lo que aprendemos

El verdadero coraje nace de la fe en Dios, no del tamaño de nuestro cuerpo.

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