El profeta Elías estaba muy cansado y triste. Había tenido que caminar mucho por el desierto y sentía que ya no podía más. Se tumbó bajo un árbol y se quedó dormido, como cuando los niños se quedan dormidos después de un día muy largo.
Pero Dios no lo dejó solo. Un ángel lo tocó suavemente y le dijo: «Levántate y come.» Había un pan calentito y un jarro de agua justo a su lado. Elías comió, pero pronto volvió a sentirse cansado.
El ángel regresó y le dijo: «Levántate y come, porque largo camino te resta.» Elías comió un poco más, bebió agua fresca, y con esas fuerzas que venían de Dios caminó durante cuarenta días hasta llegar a una montaña.
Allí, en esa montaña, Dios habló con él. No en el viento fuerte, no en el terremoto, no en el fuego... sino en una brisa suave y delicada.
Si alguna vez te sientes cansado y crees que no puedes más, recuerda a Elías. Pídele fuerzas a Dios. Él siempre envía lo que necesitas para seguir adelante, aunque sea un pancito caliente y una voz suave que te diga: «Ánimo, que yo estoy contigo.»
Salmos 28:7 — Jehová es mi fortaleza y mi escudo; en él confió mi corazón, y fui ayudado.
Con la ayuda de Dios, tenemos fuerzas para no rendirnos nunca.
