Érase una vez una mamá que estaba muy triste porque no tenía comida para sus hijos. Solo le quedaba un poquito de aceite en un jarrito pequeño. No sabía qué iba a hacer.
El profeta Eliseo se enteró de su problema y le dijo: «Ve y pide vasijas prestadas a tus vecinos. ¡Muchas vasijas!» Ella obedeció, y los vecinos le prestaron vasijas de todos los tamaños.
Luego Eliseo le dijo: «Cierra la puerta, y empieza a echar ese aceite en las vasijas.»
La mamá comenzó a verter su poquito de aceite en las vasijas vacías. ¿Y sabes lo que pasó? ¡El aceite no dejaba de salir! Llenó una, dos, cinco, diez vasijas... El aceite siguió fluyendo hasta que no quedó ninguna vasija vacía.
Vendió el aceite, pagó sus deudas y pudo cuidar de sus hijos. Dios vio que ella estaba dispuesta a usar lo poco que tenía, y lo multiplicó todo.
Cuando compartimos lo que tenemos, aunque sea muy poco, Dios puede hacer que alcance para mucho más de lo que imaginamos.
2 Corintios 9:7 — Dios ama al dador alegre.
Cuando somos generosos, Dios multiplica nuestras bendiciones.
