Diez hombres estaban muy enfermos, con llagas por todo el cuerpo, y nadie quería acercarse a ellos. Vivían solos, lejos del pueblo, porque así lo mandaban las reglas de aquel tiempo.
Pero un día vieron a Jesús pasar a lo lejos, y gritaron con toda su fuerza: «¡Jesús, ten misericordia de nosotros!» Jesús, con todo su amor, los miró y les dijo: «Id y mostraos a los sacerdotes.»
Ellos obedecieron y se pusieron a caminar. Y mientras caminaban, algo maravilloso ocurrió: ¡las llagas desaparecieron! ¡Quedaron completamente sanos!
Nueve de ellos salieron corriendo, felices, para ver a sus familias y reanudar su vida. Pero uno de ellos se detuvo. Se dio la vuelta, volvió corriendo adonde estaba Jesús, se arrodilló a sus pies y dijo con voz fuerte: «¡Gracias, Señor!»
Jesús sonrió, pero preguntó con ternura: «¿No quedaron limpios los diez? ¿Y los otros nueve, dónde están?» Solo ese hombre había vuelto a dar gracias.
Ese hombre entendió que ser agradecido es tan importante como recibir el regalo. Nunca olvides agradecer por las cosas buenas de tu día, ¡aunque sean pequeñitas!
1 Tesalonicenses 5:18 — Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.
Siempre debemos volver para agradecer a Dios por las cosas maravillosas que hace.
